GUILLERMO GARCIA MACHADO • Columnista
La actitud inclusiva, en un mundo lleno de desigualdades, no impide que distintas organizaciones lleven adelante campañas con su propia agenda.
A comienzos de octubre, un grupo de líderes de distintas iglesias caminaron por entre los indignados de Wall Street para mostrar su adhesión, cargando un becerro de oro: un ídolo falso, según la simbología religiosa, que representa la avaricia y el egoísmo. “El apoyo del catolicismo es importante porque permite llevar un mensaje, a la vez político y religioso, a mucha más gente de la que alcanzaríamos por otras vías”, opina James Salt, representante de la organización Católicos Unidos. En el discurso, la religiosidad aporta lo suyo: conceptos como “honestidad” bancaria, sentido comunitario de la economía y transparencia “a favor del bien común”, que resultan válidos incluso para los agnósticos y ateos que, según dicen en el campamento, son mayoría entre los manifestantes. Los mormones han llevado su prédica más directa, con un sermón contra “los hermanos y hermanas sin fe” que resuena entre las carpas en la voz del pastor Cornell West. Más allá, los enviados de una iglesia episcopal y otros de la unitaria universalista, un movimiento eminentemente pluralista de difusión planetaria. Para los grupos aborígenes estadounidenses, en tanto, el altar con ofrendas a la Madre Tierra es una forma de llamar la atención hacia sus reclamos sobre los recursos naturales en manos privadas. “Exigimos el cumplimiento de tratados que han sido ignorados por los gobiernos y la restitución de los lugares sagrados que nos han quitado a lo largo de la historia. No es sólo espiritualidad abstracta, sino una defensa de nuestra cosmovisión”, explica Regina Quetzal, del Comité de Personas Indígenas de Nación Soberana, quien se reconoce descendiente de los aztecas que habitaban en la zona de California antes de la conquista europea. Sin embargo, la prédica espiritual choca de plano con la protesta despojada de toda mística religiosa de la mayoría de los congregados bajo “el 99 por ciento”. Quizás porque, en las últimas décadas, los cruces entre política y religión en Estados Unidos han estado dirigidos desde la derecha, con la injerencia de grupos conservadores –evangélicos, sobre todo- en el debate público sobre temas como el aborto o el matrimonio homosexual. “Muchos tienen un sentido religioso, pero son progresistas y liberales y se sienten huérfanos de representación en el ámbito de las iglesias”, señala Laura Olson. ún en el contexto secular del movimiento, algunos ven la posibilidad de que florezcan las versiones más izquierdistas de los discursos religiosos, así como ocurrió con la Teología de la Liberación en los años ’60. “Las cuestiones de inmigración y pobreza son caldo de cultivo para que ello ocurra, dos temas que están en línea con estas protestas”, indica la académica. Pero en el campamento no todos ven la perspectiva con buenos ojos. “La religión ha dicho mucho, pero las cosas no han cambiado en siglos. Lo importante es la lucha popular contra un sistema despiadado, no hay espacio para la reflexión teológica si eso nos aleja de la acción”, opina Diego Fernández, salvadoreño, mientras hojea una mesa de “Libros de la Revolución” en la plaza. “Como el campamento no es sólo un espacio político, sino que se ha vuelto un hogar para muchos, se ha colado la religión . Pero eso no hace religioso a todo el movimiento”, coincide Sarah Ting, representante de la Organización Internacional Socialista en el campamento de Occupy LA. Lo que muchos creyeron eran manifestaciones de hippies modernos se esta transformando en un reclamo globalizado y con mucha vigencia.


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