Tuesday, May 21, 2013
   
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La crisis según Albert Einsten

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Guillermo Garcia Machado / Columnista

 

... No pretendamos que las cosas cambien si seguimos haciendo lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar ‘superado’. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla. Ahora que estamos al borde del abismo y nos van sonando expresiones de economía que nunca antes habíamos oído, como ‘la prima de riesgo que expertos expresamente invitados intentan explicarnos desde los diferentes canales de televisión casi cada día, ya empezamos a ser conscientes de que España va de cabeza tras los pasos de Grecia, Irlanda y Portugal, siendo nuestra compañera en esta desventurada travesía la bella Italia. A este ritmo no sé si va a ser posible tanto rescate, ya que puede ocurrir algo parecido a lo que pasó en el hundimiento del Titanic, que los botes salvavidas solo podían contener a la mitad del número de personas que iban a bordo del barco. Algo tan elemental como proporcionar una plaza a cada uno del pasaje no se previó y eso que aquel navío era la maravilla de las maravillas en cuanto a tecnología, comodidades y recursos. Pero en los cálculos de los jactanciosos constructores del Titanic no entraba una contingencia como la que ocurrió. Incluso en medio de la confusión muchos botes bajaron al agua medio vacíos, dejando a más necesitados aún en la cubierta del barco sin posibilidad de salvación. Yo, que soy lego en cuestiones de economía y en muchas otras, me voy a atrever, no obstante, a dar la solución a la crisis. Y no una hipotética solución; ni siquiera una mera solución sin más, sino la solución definitiva, con artículo determinado singular, es decir, la solución por antonomasia. ¿Que como me atrevo, siendo un ignorante, a ser tan categórico en un terreno con tantos entresijos complejos que ni siquiera los expertos más preparados saben bien cómo acometer? Pues para empezar porque no se trata de una solución mía, lo cual ya ahuyenta un peligro evidente. Pero antes de pasar a exponer la solución quisiera adelantarme a aquellos que, cuando la lean, esbocen una media sonrisa tildándome de ingenuo, simplista o fundamentalista. Asumo todos esos calificativos y más, pero a pesar de ello sigo considerando que esa solución es la solución. Hasta puede ser que haya quien, hilando fino, afirme que esa solución quedó restringida a un tiempo y una nación determinada. Pero ni siquiera este argumento me hará desistir de mi convicción; porque, aunque es verdad que fue dada hace unos tres mil años para una nación muy particular, los principios que contiene son válidos para cualquier tiempo y cualquier nación. ‘Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo;si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.’

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